Oct 02 2008
El cruce de caminos (II). El Diablo y yo.
Eché a andar hacia Clarksdale por el camino estrecho que discurría paralelo al arroyo. La recién estrenada noche era calida y cargada de humedad. Este hecho, sumado a lo que acababa de vivir, hacía que me sintiese cansado y vacío sin saber muy bien qué pensar o qué esperar. La sensación era como estar en el ojo de un tornado: una tranquila y apacible espera de que todo mi mundo cambiase violentamente de un momento a otro.
Así vagué un rato, como tantas otras veces, dejándome llevar por los caminos en ocasiones rectos, a veces serpenteantes, siempre polvorientos. Disfrutaba recorriéndolos.



