Oct 02 2008
El cruce de caminos (II). El Diablo y yo.
Eché a andar hacia Clarksdale por el camino estrecho que discurría paralelo al arroyo. La recién estrenada noche era calida y cargada de humedad. Este hecho, sumado a lo que acababa de vivir, hacía que me sintiese cansado y vacío sin saber muy bien qué pensar o qué esperar. La sensación era como estar en el ojo de un tornado: una tranquila y apacible espera de que todo mi mundo cambiase violentamente de un momento a otro.
Así vagué un rato, como tantas otras veces, dejándome llevar por los caminos en ocasiones rectos, a veces serpenteantes, siempre polvorientos. Disfrutaba recorriéndolos.
Entonces lo oí, unos pasitos leves y rápidos que caminaban cuando yo caminaba, se detenían cuando me detenía. Por más que agudizaba la vista, no conseguía ver nada, el camino estaba demasiado oscuro y ni siquiera había luna que alumbrase un poco. Me puse muy nervioso, me atacó el miedo pero ¿qué podía hacer?, ¿acaso no busqué yo mismo esta situación?, me pregunté. -Déjate de miedos, chico- me dije y volví sobre mis pasos a encontrar aquello que venía a por mí.
Allí estaba el perro, tan viejo como negro y tan asustado que más que miedo inspiraba lástima. Al acercarme se alejó con el rabo entre las piernas, lo suficientemente lejos como para no permitirme tocarle. Tenía las costillas marcadas y una inmensa tristeza en la mirada. Me rodeó sin quitarme ojo y comenzó a andar delante de mí, volteando la cabeza de vez en cuando para asegurarse de que le seguía mientras me condujo de vuelta al pueblo. Aproveché para pasar por mi habitación a recoger mi guitarra y poco más. Pagué mi cuenta, ya que no sabía a donde me dirigiría ni cuanto tardaría y hasta es probable que jamás volviera, y uno es negro y pobre pero honrado, incluso con el diablo.
Mientras el desgraciado animal me esperaba echado en una esquina oscura frente al motel, me colgué con decisión mi guitarra a la espalda, guardé la caja en mi maleta vieja y me dirigí hacia el saco de huesos, que se puso rápidamente en marcha hacia las afueras del pueblo. La suerte estaba echada.
El perro enfiló por la ruta 61 hacia el sur, pensé que, en caso de no pasar nada de lo que esperaba, al menos estaría bien situado en el camino que me llevaría de regreso a casa. Caminé a paso ligero durante cuatro o cinco kilómetros. Como era bastante tarde ya, no me crucé con ningún automóvil, ni carro. Calculé que ya pronto sería la media noche, de no suceder nada, estaría en Hazlehurt al amanecer. En medio de estas cábalas lo vi, vi el cruce con la carretera 49 y supe enseguida que había llegado, pues aunque a lo largo del camino encontré otros cruces, ninguno era tan perfecto como éste y en ningún otro el perro se detuvo.
Me quedé muy quieto en medio de la cruz de piedras y polvo, me agaché y con mis manos y una pequeña navaja comencé a abrir la pequeña tumba que habría de guardar mientras viviera el secreto de mi éxito. Después esperé, nada sucedía, pensé en lo idiota que era y me alegré de que excepto la tía Caroline, nadie supiera de mis delirios. Aun así, esperé, albergaba alguna esperanza porque el viejo perro seguía clavado allí sin moverse. Decidí amenizarle la espera con unas melodías, así que saqué mi guitarra y tomé asiento sobre la vieja maleta en medio del cruce.
El perro me miraba con curiosidad mientras rasgaba las cuerdas y destrozaba con pasión una canción que me fue naciendo a lo largo del camino: “fui al cruce de caminos y caí de rodillas, le pedí al Señor de allí arriba: ten piedad y, ahora, por favor salva al pobre Bob…”
Una risotada profunda se oyó desde la oscuridad. Enmudecí, mi piel se contrajo, un peso se instaló en mi estomago y de haber podido, hubiera echado a correr.
-¿El Señor de allí arriba? -mas risas- negro hipócrita… ¿le cantas al señor de allí arriba y es a mí a quien le pides favores?, no me importa…yo tendré mi parte cuando llegue el momento. Él no. Comprendo que tengas que mentir para ganarte la admiración de los demás, nadie se la gana si se conoce que ha vendido su alma al diablo. Yo premio ese tipo de actitudes.-
Mientras me decías esto surgías de la oscuridad. Vi un negro alto y delgado, vestido como un blanco, con un traje a rayas tan caro que ningún otro negro se atrevería siquiera a soñar con poseerlo, tocado con un elegante sombrero con la cinta del mismo tono rojo oscuro que las rayas de tu traje y tu camisa. Un fino bigote enmarcaba tu labio superior, el cabello bien brillante y pegado a la cabeza y ese diente de oro que resplandecía a cada risotada.
Esperaba encontrarme con un ser de color rojo que luciera cuernos, rabo acabado en punta de flecha que inspirara terror, no a un dandy elegante y seductor que solo aparentara ser un tanto amenazante. Quise parecerme a ti nada mas verte.
-Déjame adivinar…- me dijiste, afinando la mirada en tono de burla- ¿No será acaso que quieres ser el mejor bluesman de todos los tiempos? -y clavaste tus ojos fieros en mi, esperando una respuesta.
-Eso quiero a cambio de mi alma. -Respondí algo temeroso y avergonzado.
Entonces volvió esa risa profunda y cavernosa que me dejaba frío.
-Todos los negros queréis lo mismo, he perdido la cuenta de cuantos “mejores bluesmen de todos los tiempos” he creado, ¿es que no aspiráis a otra cosa? -volvió la risa.
-Está bien, está bien…mejor músico que granjero: menos trabajo, más mujeres, quizás fama…quizás dinero -dijiste mientras con una pícara sonrisa me guiñabas un ojo.
Te acercaste, me agarraste una mano con fuerza, la giraste rápidamente y con la punta de una pluma dorada pinchaste mi muñeca de la que manó abundante sangre. Me ofreciste la pluma sangrante junto con un rollo de papel grueso y amarillento. Intuí que debía firmar y así lo hice, sin pensármelo un instante.
Entonces una vez formalizado el trato, con un ademán me pediste mi guitarra, la cual te cedí gustosamente y comenzaste a afinarla sin decir nada, al acabar me la devolviste con una sonrisa socarrona y me dijiste aquello: “no olvides que morirás a manos de otros. Cuando llegue el momento de pagar mi viejo perro irá para recoger tu alma, sin resistencia…yo siempre cobro.” Te tocaste el ala del sombrero con los dedos a modo de saludo y te marchaste sumiéndote en las sombras con un andar elástico y pausado seguido de cerca por un perro, ahora feliz y confiado.
De haberme visto alguien en aquel momento, seguro que se habría reído de mí por un buen rato. Me quedé boquiabierto, con cara de tonto y sin poder mover un músculo hasta pasado un tiempo.
Me hice con mis pertenencias y emprendí rumbo a casa, aun estaba oscuro y era mejor la caminata de noche que bajo el sol, en unas horas estaría en mi hogar. Me sentía extrañamente feliz y sin un atisbo de miedo.
Al llegar a casa, Colletta, mi esposa, aun dormía. Me acerqué a la cama y la besé, sus hijos ya no estaban en casa, seguro que ya se habrían ido a los campos a trabajar.
Colletta se despertó sobresaltada, al verme gritó, para acto seguido obsequiarme con una sonora bofetada.
Me explicó que después de un año de abandono había rehecho su vida con otro hombre del lugar. ¿Un año?, ¿es una broma?, solo había estado dos días fuera. El hecho es que estaba muy cambiada, no parecía la misma mujer de la que me despedí dos días antes y la cabaña tampoco parecía la misma, había mejorado de manera imposible en tan poco tiempo.
Como después de nuestro encuentro ya cualquier cosa me parecía posible, acepté como un hecho verdadero la ausencia de un año de la que mi esposa me acusaba. Hablamos largo rato y nos despedimos como se debe, sin resentimientos. Nunca nuestra relación funcionó como debiera, ella tenía diez años más que yo y lo que menos necesitaba era otro hijo. Ahora se la veía bien, cuidada y protegida. A mi lado jamás se sintió así. Por otra parte y a pesar de mi afición por las mujeres sencillas y en edad madura, creo que nunca estuve hecho para lo que exige el matrimonio. Mi tendencia al vagabundeo y mis aspiraciones de bluesman me lo impedían.
El último beso que me dio Colletta me lo llevé como un tesoro.
(Continuará)














…Vaya si que se ensimismo, ufff que vida mas ajetreada , cuantas aventuras y desventuras,,,Yo creo que me perderia , con la vida tranquila que me gusta emprender . ..Esta historia me gusta…O.B.K
PD..por eso el blues..no me gusto nunca ,jejejejjeje muchos lamentos internos , aunque he de decir que son almas inspiradas en la aventura mas estensa de la palabra ,,en vivirse . besitos niña